>Una muerte muy dulce.-
Hablar del sentido de la muerte puede parecer una paradoja, pues la muerte es justamente lo que clausura cualquier posibilidad de sentido, lo que sitúa bajo la amenaza de la nada, del absurdo, toda construcción humana. Por eso quizás sería más correcto referirse sólo a la “función de la muerte”, pero en el siglo XX se desarrolló una filosofía que, bajo el supuesto de que la existencia es en sí misma un acontecer absurdo, vio en la muerte el hecho revelador de la naturaleza última de la vida. Bajo esta perspectiva se puede considerar que la muerte tiene un sentido: hacer patente el sinsentido de la existencia. En sus memorias, Beauvoir confiesa que nunca fue capaz de intuir relación alguna entre el mundo y la trascendencia, lo cual es característico de la devotio moderna, que sitúa a Dios horizonte intelectual, la naturaleza se ha convertido en un inmenso mecanismo que actúa ciegamente, y el hombre y su razón han mostrado en la dos guerras la mentira en la que se sostenían. Una muerte muy dulce (Pocket/Edhasa, Barcelona, 1977). En ella Beauvoir describe la muerte de su madre, el modo en que durante los días previos al acontecimiento se le fue haciendo evidente un destino fatal . Con este esquema mental, al desaparecer la idea de Dios queda sólo un mundo vacío, una epidermis sin cuerpo. Ella lo define como “una patética ausencia de absoluto”. La compasión (cum-passio) precipita a Beauvoir hacia la verdad del ser, que no es otra que la nada; la conciencia misma no es nada, intención volcada hacia existencias que son sólo anomalías de la nada. La muerte se convierte, de este modo, en el acontecimiento revelador de una verdad que pone en crisis todos los soportes en los que lo que la vida se asienta. No deja de ser significativo que en el momento de la agonía la madre de Beauvoir, que siempre había sido una persona religiosa, rehúse la asistencia del sacerdote y de sus compañeras piadosas: cuando la muerte es presentida en toda su profundidad el sentido que ofrecía el mundo se desvanece. La nada iguala todas las cosas como meras apariencias vacías y, por consiguiente, no hay razones de fondo para preferir unas a otras, salvo las arbitrarias inclinaciones afectivas. De hecho, Beauvoir describe la completa indiferencia de su madre hacia todas las cosas poco antes de su muerte: “Me da lo mismo”. Y después de un momento de reflexión: “Lo que me inquieta es que todo me da igual”. (Íbid., p. 120.). La muerte es la apoteosis de la irracionalidad de una existencia que es en sí misma absurda.-
Hablar del sentido de la muerte puede parecer una paradoja, pues la muerte es justamente lo que clausura cualquier posibilidad de sentido, lo que sitúa bajo la amenaza de la nada, del absurdo, toda construcción humana. Por eso quizás sería más correcto referirse sólo a la “función de la muerte”, pero en el siglo XX se desarrolló una filosofía que, bajo el supuesto de que la existencia es en sí misma un acontecer absurdo, vio en la muerte el hecho revelador de la naturaleza última de la vida. Bajo esta perspectiva se puede considerar que la muerte tiene un sentido: hacer patente el sinsentido de la existencia. En sus memorias, Beauvoir confiesa que nunca fue capaz de intuir relación alguna entre el mundo y la trascendencia, lo cual es característico de la devotio moderna, que sitúa a Dios horizonte intelectual, la naturaleza se ha convertido en un inmenso mecanismo que actúa ciegamente, y el hombre y su razón han mostrado en la dos guerras la mentira en la que se sostenían. Una muerte muy dulce (Pocket/Edhasa, Barcelona, 1977). En ella Beauvoir describe la muerte de su madre, el modo en que durante los días previos al acontecimiento se le fue haciendo evidente un destino fatal . Con este esquema mental, al desaparecer la idea de Dios queda sólo un mundo vacío, una epidermis sin cuerpo. Ella lo define como “una patética ausencia de absoluto”. La compasión (cum-passio) precipita a Beauvoir hacia la verdad del ser, que no es otra que la nada; la conciencia misma no es nada, intención volcada hacia existencias que son sólo anomalías de la nada. La muerte se convierte, de este modo, en el acontecimiento revelador de una verdad que pone en crisis todos los soportes en los que lo que la vida se asienta. No deja de ser significativo que en el momento de la agonía la madre de Beauvoir, que siempre había sido una persona religiosa, rehúse la asistencia del sacerdote y de sus compañeras piadosas: cuando la muerte es presentida en toda su profundidad el sentido que ofrecía el mundo se desvanece. La nada iguala todas las cosas como meras apariencias vacías y, por consiguiente, no hay razones de fondo para preferir unas a otras, salvo las arbitrarias inclinaciones afectivas. De hecho, Beauvoir describe la completa indiferencia de su madre hacia todas las cosas poco antes de su muerte: “Me da lo mismo”. Y después de un momento de reflexión: “Lo que me inquieta es que todo me da igual”. (Íbid., p. 120.). La muerte es la apoteosis de la irracionalidad de una existencia que es en sí misma absurda.-
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> Simone de Beauvoir Dixit:
“Il m’a fallu prendre un certain nombre de décisions mais là encore il ne me semble pas avoir opté: j’ai suivi impérieusement le chemin que m’indiquait mon passé”.(La force de l’âge).-
“Nous critiquions, nous nous condamnions avec aisance car tout changement nous semblait un progrés” (La force de l’âge).-
“Je n’a plus l’impression de se diriger vers un but mais seulement glisser vers la mort”. (Tout fait compte).-
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> Aquellas cartas indiscretas: Beauvoir / Algren.-No son contados los críticos que adelantan el argumento según el cual por querer ser igual que los hombres Simone de Beauvoir descubrió la condición femenina de la que, por decisión propia, había parcialmente escapado. Sólo en lo parcial. Las cartas inéditas entre Simone de Beauvoir y el escritor norteamericano Nelson Algren muestran a una mujer muy distinta del discurso que ofrece El segundo Sexo. Las 304 cartas escritas entre 1947 y 1964 son el testimonio de una pasión amorosa que asombra no por la intensidad sino por los términos que emplea Simone de Beauvoir. La autora del segundo sexo es allí lo opuesto de sí misma: ni fría ni distante, ni cerebral y apartada sino tierna, tentadoramente carnal. Ni libre ni revolucionaria, sino, por juego o por amor, amante sometida. En esas cartas, Beauvoir juega con ternura a la mujer entregada y obediente: “Mi adorado, mi marido querido”. Beauvoir promete incluso lo inconcebible en su pluma: “Me voy a portar bien, lavaré los platos, barreré, iré a comprar yo misma los huevos y haré una torta de rhum, no voy a tocar sus cabellos ni su espalda sin autorización”. Beauvoir no escamotea palabras, ni las críticas contra Sartre, sobre todo las más vergonzosas: era, escribe, “Un hombre caluroso en todo, menos en la cama”.-(Página/12. Ver Link debajo).- |
> Una insólita pareja: Sartre/ Beauvoir.-

Hay dos Simones y dos Sartres. La primera versión se ajusta a la mirada pública, a la imagen que ellos quisieron ofrecer, sobre todo ella, porque fue Simone obsesiva memorialista, siempre escribiendo sobre el monotema de sus experiencias íntimas, quien intentó edificar su personalidad (y por añadidura la de Sartre) como un logro literario e histórico. Se narró a sí misma, o se tradujo. Según esta versión más ortodoxa, Simone y Sartre fueron esos grandes intelectuales que todos conocemos, iconoclastas y comprometidos (a menudo vidriosamente comprometidos: fueron prosoviéticos en épocas tardías y bastante bochornosas), agudos pensadores capaces de sintetizar ideas fundamentales para su época: el feminismo de Beauvoir o el existencialismo de ambos, con el cual se propugnaba una nueva moral atea, la libertad y responsabilidad absoluta del ser humano en la construcción de su propio destino. Más atractiva aún era su extraordinaria relación: se trataban de usted, nunca habían vivido juntos (pero sí cerca) y habían tenido los dos diversos amantes contingentes, esto es, apasionados pero secundarios. Vista desde afuera, esa insólita pareja que duró 51 años parecía maravillosa e indestructible. Simone y Sartre alardeaban mucho de honestidad y transparencia, pero sólo usaban estas virtudes entre ellos mismos para comentarse el uno al otro cínicamente los más escabrosos detalles de sus amoríos. Además, ambos tuvieron siempre claro que querían ser famosos y salvar el mundo a través de la literatura. ¿Quién podría hoy creer, en su sano juicio, que la literatura sirve para salvar el mundo, o siquiera que el mundo pueda ser susceptible de ser salvado de ningún modo? .- (Rosa Montero. Para Página/12. Ver Link debajo).-

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>Simone de Beauvoir: de «Jeune fille Rangée» à «Jeune femme Révoltée»:
http://www.um.es/tonosdigital/znum8/perfiles/simone.htm
>A 50 Años de la publicación de “El Segundo Sexo” de Simone de Beauvoir:
http://www.pagina12.com.ar/1999/99-02/99-02-08/pag18.htm
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“Que C ést Triste Venice”. Charles Aznavour.-
Lyrics: http://lyricsplayground.com/alpha/songs/q/quecesttristevenice.shtml
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La iconografía del siglo XX está formada por muchos personajes que más que autores de su tiempo fueron las víctimas del mismo.