Thomas de Quincey.-
Octubre 25, 2007 de aquileana
Confesiones de un Inglés Comedor de Opio.-
Thomas de Quincey, autor de joyas tan memorables como Confesiones de un inglés comedor de opio y Suspiria de profundis, no sólo fue el primero que trató, desde el punto de vista literario y con plena conciencia de obra artística, la formación de los sueños y las visiones sino que les dio el poder de una nueva forma de conocimiento, quizá la única, para llegar a lo sublime. De Quincey transformaba en inevitables realidades todos los objetos de sus ensueños y aquella fantasmagoría. El agua se convirtió en algo obsesivo. Los transparentes lagos al principio, brillantes como espejos, se convirtieron en mares y océanos y aquellas alucinantes acumulaciones de agua se transformaron en un terrible tormento sobre el que se manifestó lo que después llamaría la tiranía del rostro humano: “Entonces, sobre las ondulantes aguas del océano empezó a aparecer la cara del hombre; el mar se me mostró cubierto de innumerables cabezas que miraban al cielo; rostros furiosos, suplicantes, desesperados, se pusieron a bailar sobre la superficie, a miles, a millares, generaciones y siglos enteros; mi agitación se hizo infinita y mi espíritu se abalanzó y se echó a rodar como las olas del océano”.
Thomas de Quincey dice que el opio no lo llevaba a buscar la soledad y mucho menos la inactividad, o el estado de torpeza y autoinvolución. Al comparar al alcohol con el opio, sostiene que:
El placer causado por el vino va siempre en asenso y tiende a una crisis, tras la cual desciende; el del opio, una vez generado, se mantiene estacionario durante ocho o diez horas [...]
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Para De Quincey, la distinción fundamental radica en que: ”Mientras el vino desordena las facultades mentales, el opio, por el contrario -si se toma en forma adecuada-, introduce en ellas el más exquisito orden, legislación y armonía. El vino le roba al hombre la autoposesión; el opio la refuerza enormemente. El vino turba y nubla el juicio y da un brillo preternatural y una exaltación vívida a las admiraciones y los desprecios, los amores y los odios del bebedor; el opio, por el contrario, los aquieta y reestablece el juicio” [...]
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