“La experiencia es simplemente el nombre que le damos a nuestros errores”:
No sé a ustedes , pero a mí esta frase me parece más que elocuente…
Alguien también dijo que la acumulación de experiencia es Sabiduría…
Entonces, ¿Es cierto eso de que los errores se aprende?.
Tal vez . Apropiándome de esta idea , y dándole forma , que es el único propósito de las ideas, va un cuento de mi autoría que le dediqué a MEG /María Esther Gómez, Profesora de Geografía: por su invaluable legado…/.-
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La pendiente de la noche
De vez en cuando, se preguntaba cuáles eran los tópicos más oportunos para ese tipo de días en los cuales cualquier pretexto es bueno para no hacer nada.
Cómo seguir con ese rumbo incierto y cotidiano que no le daba tregua. Una vez más era él contra él, porque nadie se interesaría jamás por su paso por el mundo, pensaba … Claro , él sentía que era distinto, que era quien en realidad difería del mundo y por eso no lograba entenderlo, y , era por eso era un incomprendido por el mundo…
Encendió un cigarrillo y caminó con paso taciturno al principio pero decidido luego…
Así era él, un ser que el creía ser percibido endeble entre la gente, alguien que caminaba entre los demás como esperando algo, y , por eso era más débil y por eso él creía que la debilidad se le notaría en la cara.
Y así era que esas caminatas en la parsimoniosa noche no perseguían otra cosa que un sentido, una iluminación que podría venir de quién sabe dónde.
Y era así que tenían un sentido que trascendía las cosas.
La ciudad apenas destellaba un aura de incógnito silencio. Era una masa de gases condensados bajo una luna también gaseosa. Una aparente sincronía de espejismos deformantes.
La bruma amparaba sus pasos que repicaban en el cemento negro y frío. Las calles se entretejían en una perspectiva que a él le parecía incongruente, como casi todo… Miraba cómo los automóviles y los transeúntes pasaban con una lógica secreta. Era como un misterio ya dado y asumido con la transparencia de las cosas evidentes y eso era una simplificación excesiva.
Pensó que era uno más y se sintió poco, simplemente porque era poco en términos absolutos. Y apenas esa modesta autoconfesión fue una lección de agravio y desencanto.
El cigarrillo se consumía en sus labios, su paso era una certeza progresiva pero exponencialmente interrogativa.
No sabía para qué caminaba, ni hacia dónde, pero eso no lo incomodaba porque aquella marcha ya le daba un rumbo más cierto. Por otra parte, empezaba a reconocer las simetrías en las calles, la analogía como un lugar común tamizado de un gris aparente.
Además, mirar la eran cosas de esa manera le permitía dejar abierta la posibilidad de respuesta y , como responder suponía entablar nuevas preguntas, le pareció que esa continuidad no merecía ni podía jamás ser desestimada.
Jamás era un adverbio que describía su ánimo ajeno. Una negación rotunda, pero revocable por un Siempre que esa marcha anacrónica y congelada en el tiempo perpetuaba hasta el fin.
Caminar era negar un jamás, era una forma de abreviar la rutina, un paso más allá de la soledad y los edificios que se parapetaban como titanes de hormigón .
Así, siempre caminando y con la única compañía del eco de sus pasos, trazaba perpendiculares para vincular las líneas paralelas de las vidas que pasaban por la vereda de enfrente.
Hombres urbanos, fríos , calculadores y ajenos como él, cada uno con su línea recta y progresiva, bajo el candor de sus propias ambiciones y pasiones. Intachables individuos que sólo desafiaban la ley de la inercia cuando cambiaban de marca de períodico. Golondrinas con nortes perdidos. Oscuras aves perdidas.
Caminó y vio cómo la ciudad se iba encumbrando en un estruendo de luces diáfanas que poco a poco se volvían ásperas caricias a los ojos. Una caricia de luz de lija era una alegato perfecto para descreer de los contactos. Era una muestra irreversible de la trágica comedia humana
Su paso era un repique incandescente, imprudente destello que seguía al cigarrillo sobre sus labios secos. Aunque la imprudencia consistiera simplemente en desafiar al silencio monótono del tránsito subterráneo. Porque los ruidos evocaban un lugar encerrado en los abismos, eran voces sordas que confesaban sus desaires y pecados desde lo más profundo de la tierra, para que sus errores sean conocidos por nadie, para que la entereza del día a día los quebrara de a poco.
“Y así las cosas una vuelta, un rodeo y ya no hay más vuelta” pensó…
Así se definía: siempre en búsqueda de un sentido que enfrentara la burda linealidad del tiempo, un hombre de pasos siempre rectos y precisos, impermeables a la convergencia infinita del espacio sideral.
“¿ Si así lo fuera?”, pensó. “¿Si realmente todo fuera una vuelta, y no hubiera fin en sentido estricto, qué?… Sería una condena eterna, la circularidad, como la de Sísifo”.
Nuevamente, sus ojos perpetuados en algo que cada vez se iba volviendo menor, como el apego a la vida, como el amor, con su juego de tanteos.
El amor era una función reflexiva y fisiológica, meramente. Y como lo sabía, él prefería el amor propio que era el único que no traicionaba. Era una cínico irrefutable y sus argumentos y silogismos, concluyentes.
Pero, sus arrebatos de racionalidad no le permitían encontrar la calma nunca. Por el contrario, lo conducían en pendiente a la aporía clavada como un puñal frío.
Y eso lo enmudecía una vez más, entonces aceleraba su paso chispeante como para no dejarse matar tan rápido y se sostenía en la acción continuada del gerundio , como para permanecer más , como para aferrase mejor y no tambalearse en un nudo de dudas acuciantes.
Era una tregua sin clamores la que, sin quererlo, le estaba proponiendo esa búsqueda. Una manera de tratar de encontrar un centro, una respuesta, un pedido de auxilio a sí mismo, un paliativo para el dolor existencial que lo movía como una nave cóncava en un mar arrebatado y furioso.
La ciudad apenas era una luz en la bruma de la noche que adquiría imponentes proporciones gigantescas. Un dios Uránico que lanzaba rayospor doquier para castigar a los hombres por desafiarlo. Apenas un laberinto de lodo, edificio y hombres idénticos.
Un laberinto ideado por una mente perversa , construido para que los hombres se perdieran en él. Y esto bajo la apariencia de una comodidad perfecta, de una funcionalización sistemática y racionalizada.
Pero todo esto lo importunaba tanto que sintió que , por un momento, sus pies se acalambraban de frio y sueño y quiso volver a su morada para sentirse más sólo y acompañado consigo mismo y con una taza de café.
Levantó los ojos cansados, como pidiendo algo a nadie, clemencia o una recta secante a toda esa trama de senderos rectos pero insondables.
Un gato se asomó desde la acera de enfrente, y entre el humo de la noche él observó apenas sus facciones felinas.
Le pareció un juego mimético el de aquel animal sagrado y asumió su presencia como una condición suspensiva: los ojos pçetreos de un gato siempre son un indicio de algo mayor.
Y así siguió tras sus pasos, como movido por un presagio favorable.
Continuaba fatigado hasta que algo lo detuviera, o hasta que un grito de inconformismo en la noche oscura fuera una acertada declaración de modestia que le pusiera un tope. Sabía que no desistiría aunque la noche fuera una encrucijada. Porque asumía que el juego de ajedrez era una manifestación lúdica de la vida y que siempre jugar es perder o ganar , pero a veces ganar.
Cruzar la calle era encadenarse con una rutina de búsqueda incansable, pero ya casi una carga más.
Seguir una luz que es una más entre todas es más que nada y más que todo , una tentativa por franquear algo, aunque el hallazgo final supusiera reiniciar lo que él sabía que siempre terminaría en el mismo punto.
Una vez más , la imagen del tablero con las piezas fijas y un caballo que no salta, porque él era una torre entre los edificios de la ciudad y sólo avanzaba en línea recta, aquel movimiento adquirido y sin dimensión.
Pero él podía saltar, podía cambiar las reglas del juego una vez, sin que nadie se percatara. aunque las consecuencias pudieran ser fatales; o , aunque nada cambiara, era ya una forma de cambiar algo y en última instancia, las reglas nunca habían sido del todo explícitas , sino asumidas progresivamente a medida que se construían, con la fuerza indelegable del hábito.
Todo esto le hizo recordar aquello de que de la noche nace el día . Pensó que estaba jugando un juego equívoco que, después de todo, no tenía nada que perder. Entonces pensó en cruzar la calle, y hacerlo en diagonal , como para que la línea recta adquiriera otro cariz.
Le pareció una manera inocente y excusable de vulnerar una costumbre que ya le estaba resultante oprobiante.
Y pensó que sus pies se sentirían aliviados después de todo y agradecidos por una firmeza que reclamaban con derecho desde hacía tiempo.
Levantó la vista enmohecida por la bruma y miró altivamente hacia quien sabe dónde. Fue una mirada que se sostuvo en la fugacidad eterna de un instante perfecto.
Aquella mirada se mantuvo en el tiempo y por un momento fue capaz de percibir más allá del tiempo.
Mientras cruzaba la calle pudo entrever cómo su figura delgada se adelantaba a su sombra.
Se sintió complacido y aliviado por ese gesto a la vez ínfimo y magnánimo.
Y le bastó con esa presencia tan propia para sentirse suficiente.
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Allá lejos y hace tiempo, sí el nombre del cuento fue una elección más que apropiada…
Aquileana
By herself
Autocrítica: No abuses de los adjetivos, Aquileana …
Tu Alter.
Profundo, auténtico y muy ilustrativo, si puedes escribe mas cuentos.
Gracias Diego, es que deben soplarme las musas…
Aquileana
Me llamó la atención que fuera hace tiempo, pensé que a lo mejor era tu alter jugando con el calendario, jeje
Me gustó me gustó me gustó.
Un abrazo.
Time flows… Pero, lo esencial sigue siendo siempre lo mismo, Gab,
Un gran saludo, Aquileana
quiero preguntar el nombre del autor de la frase
Oscar Wilde, claro…
Aquileana